Carta al Héctor del futuro

Hola, Héctor. No sé ni dónde ni cuándo estarás ahora mismo. No sé qué estarás haciendo o qué será de tu vida. No sé en qué estás trabajando, y no sé si alguna mujer se ha por fin enamorado de ti. Y, en realidad, nada de eso importa para lo que yo quiero decirte hoy. Lo único importante es que sepas que te quiero, sean cuales sean tus circunstancias en este instante. Te amo con todo mi ser, y creo en ti. Y creo porque estoy seguro de que, da igual lo que te haya acontecido, has logrado mantener tu esencia. Esa esencia que hace que siempre te alegres cuando un amigo se acuerda de ti, porque todavía te acuerdas de la época en la que nadie quería serlo. Lo sé porque a mis recién cumplidos 29 años, así sigue siendo.

A pesar de todo esto, quizás haya alguna cosilla que has podido olvidar o que, con el ajetreo de todas esas cosas que revolotean en tu cabeza, has podido pasar por alto. Cosas muy útiles, porque sirven para lo único de lo que te tienes que preocupar: no sufrir. Eres una buena persona y eso, Héctor, hoy en día es más raro de lo que puedas pensar. Eres comprensivo porque te esfuerzas en entender a la gente; eres cariñoso desde el corazón, y no porque quieras conseguir nada más allá que compartir eso con la otra persona; eres honesto, al punto extremo de que no haces ni dices nada si no te sale del alma (tu intensidad te hace equivocarte a veces, sí, sorpresa, no eres perfecto, pero siempre pides luego perdón con más corazón todavía); eres inteligente, y no por tener dos carreras y un máster, sino porque eres consciente de quién eres, de lo que quieres y sabes identificar muy bien tus sentimientos; tienes un concepto de lealtad ya extinto en estos tiempos, ese que te hace ser fiel porque tú no podrías mirarte al espejo de otra manera; y eres valiente, Héctor, muy valiente, porque, a pesar de tener la certeza de que todas estas virtudes sólo las ves tú, sigues creyendo en ellas. Y eso, mejor amigo mío, es quizás la locura más grande que puede realizar una persona.

Seguro que te acuerdas del comienzo del año 2019, un año que comenzaste sin trabajo, porque tú mismo decidiste abandonarlo. Un año que empezaste con una seguridad en ti mismo inusual hasta el momento, en gran parte gracias a la experiencia vivida el año anterior en Francia, donde descubriste que, en cualquier parte, y nunca dejando de ser tú mismo, puedes encontrar personas que quieran pasar el tiempo contigo. Donde descubriste que tu concepto de lo que era ser sociable estaba equivocado, y que en realidad tú lo habías sido siempre. Seguro que te acuerdas, como también te acuerdas de toda la ilusión con la que empezaste el nuevo año. Una ilusión inusual, porque no era una ilusión proyectada a algo que querías que ocurriera en el futuro, sino la ilusión de aceptar y disfrutar de todo lo que viniera hacia ti por sí mismo, la ilusión de no tener miedo a decir y expresar aquello a lo que a ti te gustaría acercarte por ti mismo.

Y esa es la clave de lo que quiero que nunca olvides, pase lo que pase. Que nunca te arrepientas de sentir cosas buenas por las personas, tengan ellas miedo o rechazo ante lo que brota de tu interior. Porque no es tu trabajo salvar al resto de sus inseguridades, sino aprender a convivir con las tuyas. Y el amor, Héctor, es un sentimiento que lo disfruta quien lo siente, y no la persona hacia la que va dirigida. Por eso vivimos en una sociedad de maltratos, frustración y familias rotas: porque la mayoría de las personas sólo valora sus propios sentimientos en función de la reacción que tiene en el resto, y en si son o no correspondidos. Y lo más triste de todo es que a esas personas sí les han dado la oportunidad de que otras personas les pueden amar y, aun así, desprecian lo que tienen por defender su ego. Curiosa paradoja, que desprecien un amor sincero por egoísmo, cuando la única razón para no hacerlo es que no se quieren a sí mismos. Pero tú no eres así, a pesar de que yo, a mi edad, nunca haya experimentado ciertas cosas básicas. A pesar de no haber encajado para alguien aún. Por eso es muy importante que no sufras, porque no tienes ningún problema, Héctor. Hay personas que no son capaces de amar y, sin embargo, siempre tienen quien les acompañe. Quizás porque el mundo es justo de una manera muy cachonda y retorcida, y esas personas lo necesitan más que tú. A ti nadie quiere darte el beso que rompa tu maldición autoinventada y, sin embargo, tienes una capacidad inmensa para amar. Para ver a las personas, llegar a su corazón y amarlas. Y por eso no tienes nada de lo que preocuparte, porque sólo debe temer al futuro quien no tiene ese poder ya en su interior. No es tu caso. Y lo sabes.

No sé cuál será tu experiencia en este momento de tu vida, pero la mía podría parecer muy dramática desde cierto punto de vista. A todas las chicas que me han acabado gustando y que han sabido que sentía algo por ellas les he caído bien, y han confiado en mí cosas que no harían con cualquiera. No siempre ha acabado bien, pero un hecho no se convierte en bueno o malo en función de cómo resulte en el futuro. Un hecho del presente es bueno en sí mismo si te ser feliz. Me he demostrado a mí mismo con todo ello que soy la persona que quiero ser. Sin embargo, todavía ninguna ha sentido que eso que yo soy es algo digno de tener cerca. Y, sin embargo otra vez, mi capacidad de amar la esencia de las personas no hace más que amplificarse. Y eso es algo precioso, y que puede reportarte mucha felicidad a ti, tal y como lo hace ahora mismo conmigo. Pero también puedo generarte mucho sufrimiento, sino dejas la fantasía a un lado. Lo pasarás mal si no eres capaz de ver la situación con perspectiva, aceptando sin miedo tu propio amor, pero también siendo consciente de que para amar a alguien tan especial como tú, hace falta alguien igual de especial. Y eso, Héctor, no se encuentra de la noche a la mañana.

Es por ello que yo siempre me he enfrentado al mismo dilema, y quizás tú sigas haciéndolo. Al dilema de tirar la toalla y bloquear de una vez para siempre todos esos sentimientos, centrando tus energías en otros temas, o de seguir abierto a nuevas experiencias y a avanzar, aun a pesar de no llegar nunca a puerto. Y mira, me conoces tú a mí mejor que yo a ti, pero no nos engañemos. Siempre vas a elegir la segunda opción. Eres incapaz de no sentir, siento decírtelo así de claro. Te lo digo por si lo has olvidado, y ahora estás en uno de esos momentos en los que quieres bloquear lo que te surge de dentro de manera genuina. Créeme, Héctor, si te digo que eso es lo que más te va a hacer sufrir. Mucho más que no ser correspondido, que ser rechazado o incluso abandonado. No confundas el amor propio con no dejar traslucir tus emociones o intentar anularlas. Esa es la gran mentira de nuestra sociedad, y que gente más interesada en otras cosas que en amar de verdad se ha tragado como una pastilla sin prescripción. No te la creas tú, por favor. Tú eres mucho más listo que eso.

Así que nada, gracias por leer hasta aquí. La verdad es que si has llegado a este punto es porque estás realmente triste en estos momentos. No te preocupes. Acepta esa tristeza y las lágrimas, si tienen que salir. Yo acepto las que no han dejado de brotar de mi corazón desde el momento que me puse a darle a la tecla. Es estúpido guardárselas dentro. Ya se te acabarán, en serio. Siempre pasa. Llegaría hasta el punto de decirte que disfrutes de esa tristeza, aunque parezca absurdo. Que eso te hace conocerte mejor y te libera por dentro. Pero quizás no es lo que necesitas ahora mismo. O quizás sí. Quizás estés leyendo esto en voz alta a tu nueva familia, porque quieres compartir quien fuiste con las personas que amas. Quizás tengas apoyado en tu pierna y abrazado a tu cuello a un niñito que tiene tu misma ilusión reflejada en los ojos, y que es tan hablador como su madre, esa mujer sentada enfrente tuyo, que te mira mientras lees sin tú saberlo con un amor tan profundo que podrías ahogarte en él si quisieras. Una mujer que te escucha, pero que no le hace falta oírte, porque ya sabe todo lo que está aquí escrito. Y lo sabe porque es precisamente eso, y no otra cosa, lo que le hace estar enamorada de ti.

Ten paciencia, Héctor, y nunca dejes de creer en ti mismo. Nunca olvides que te aprecio mucho, y que mucha otra gente lo hace, a su manera particular. Y, aunque no fuera así, la vida es increíble, y no la vive más quién es más amado, sino quien más ama. Quién más experimenta, quien más está abierto a nuevas vivencias. Porque lo único cierto para ti en esta vida es lo que sientes tú en tu interior. Y da igual lo que creas que el resto quiere hacer que pienses: tú eres grande, Héctor. Y eso es motivo suficiente para salir ahora mismo a la calle, colocarte los cascos, y ponerte a bailar.

Te quiero,

Héctor

PD: En algo te llevo ventaja, no te olvides de esto tampoco. Yo todavía voy a disfrutar de Vengadores: Endgame por primera vez en mi vida. Y seguramente de muchas otras cosas más. Chúpate esa, xD.

24/04/2019

El sueño

Hoy, sin esperarlo, contigo he tenido un inusual sueño,

uno de esos cuyo eco resuena dentro tuyo durante todo el día;

y aunque recitándolo aquí deje de ser su único dueño,

no quiero perderlo como de una canción olvidada la melodía.

 

Ha sido una de esas fantasías que te revelan una verdad,

y que te privan del aliento mientras despunta el amanecer;

de esas que te hablan sobre ti con una brutal claridad,

y a cuya absoluta certeza te es del todo imposible vencer.

 

Recuerdo soñar una bonita tarde despejada y brillante,

en la que ya conocíamos hacía tiempo nuestra mutua personalidad;

imaginé que a pesar de tener miedo a decir algo importante,

los minutos avanzaban en el ensueño sin ninguna piedad.

 

Quería decirte algo de la manera y en el momento perfecto,

pero las palabras ideales aún no habían tomado forma en mi cabeza;

por eso te solicité que te adelantaras sin mí en el trayecto,

y así poder yo sólo encontrar en mi mente la desaparecida pieza.

 

En aquella ilusión nocturna la eternidad pasó en un único segundo,

cuando para continuar al fin recobré el necesario valor;

parecía que ese día había decidido reunirse allí todo el mundo,

y entre tanta gente a no encontrarte sentí un súbito y profundo temor.

 

 

 

Intenté concentrarme para entre la algarabía distinguir tu risa,

para entre la miríada de colores distinguir el brillo de tu cabello:

pero no parecía poder escapar de los designios de alguna oscura profetisa,

y una reptante e implacable congoja empezó a atenazarme el cuello.

 

Con la lucidez que luego uno pierde cuando abandona la quimera,

supe en el sueño que la culpa de aquello sólo la tenía mi inseguridad:

que por querer abrazar lo ideal a lo bueno había puesto una barrera,

y que lo que me sobraba en anticipación me faltaba en voluntad.

 

Con la mirada errante y sin haberte encontrado todavía,

me aterraba que mis últimas posibilidades se esfumaran con la fantasía:

y así desperté sin aviso en el silencio de mi habitación sombría,

con la inefable sensación de haber recién escapado de un cruel acto de brujería.

 

Tiempo le costó a mi cuerpo liberarse de aquel tipo desconocido de pesadumbre,

pero al fin la realidad dio paso a una reconfortadora paz;

ya que entendí que cometer errores que en los sueños tomamos por costumbre,

puede enseñarte a evitarlos en tu vida y así haberte más audaz.

 

A medida que su efecto calaba en mí he interiorizado una valiosa lección,

y es que no quiero perderte sin haberte siquiera aún encontrado;

que la vida nunca es una obra de teatro con un prefijado guión,

y que si no aprendes a moverte corres el riesgo de por tus miedos quedar apresado.

 

Por eso te agradezco de mi ensoñación haber sido la protagonista,

porque hasta lo que sólo ocurre en tu subconsciente es una válida experiencia;

y porque aunque uno crea que toda su existencia puede ser prevista,

es lo inesperado lo que de la vida constituye la auténtica esencia.

13/03/2019

“Nuestro destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas”

Buenos días a todos:

Este viernes será mi último día en Scientifica, y es por ello que me gustaría aprovechar este momento para, como suele ser habitual en mi persona, compartir unas últimas reflexiones con quien tenga tiempo e interés. Y un trocito de mi tarta de queso, antes de que la gente haga estampida para las Navidades. Que seguro que aquí el viernes ya no queda ni el tato.

Recuerdo el que fue mi primer día en Scientifica como si fuera ayer, con la nitidez y claridad que tienen sólo los hechos que uno sabe que van a cambiar su vida para siempre. Podría hacer mención ahora a la broma recurrente entre nosotros de que al fin he logrado graduarme en la universidad de Scientifica, pero estaría tomando a la ligera algo que para mí tiene una trascendencia descomunal. Se cierra un ciclo de casi cinco años en mi vida, en el que he aprendido cosas de un valor impagable y en el que he interiorizado lecciones muy valiosas sobre lo que es una empresa y cómo debería funcionar a todos los niveles, pero también sobre el compañerismo, los límites de la amistad y, sobre todo, la importancia del amor propio. Y es precisamente todo este conocimiento el que te ayuda a saber identificar el fin de cada etapa en la vida. A no conformarte con la apatía en una relación, y a buscar de nuevo toda esa ilusión que una vez sentiste. A tomar acción antes de que lo que sabes que no te llena se convierta en rutina y acabes creyendo que la vida no puede ser otra cosa.

Una de las lecciones que he aprendido aquí y que más me ha hecho evolucionar es el conocimiento de que todos cometemos errores, pero que nunca, jamás, debemos martirizarnos por no ser perfectos. Por tener sentimientos, y por tomar en función de ellos decisiones equivocadas alguna vez. A todos nos pasa, y quizás si lo compartiéramos como la experiencia natural que es con los demás, en vez de competir por ver quién tiene la vida más perfecta, mucha tristeza se eliminaría de este mundo. Cuando esto ocurre sólo podemos pedir disculpas e intentar dejar el pasado explicado y resuelto detrás, sin aumentar más de peso la mochila con la que todos cargamos a nuestras espaldas. Y no importa si eres o no correspondido por el resto en esta intención, ya que, a pesar de todo, nunca debemos olvidar lo que en algún momento significamos para alguien. Cada persona tiene sus propias inseguridades y lo único que nos queda es intentar sobreponernos a las propias, y saber empatizar con las ajenas. El tiempo y la convivencia pueden truncar las relaciones, pero no tiene sentido hundirse y pensar que lo bueno ya no volverá. Porque lo bueno pasó, y lo bueno volverá a pasar. Sólo hay que tener el valor suficiente para interiorizar tu propia culpa, hacer autocrítica y lograr la libertad necesaria para volver a creer en la vida de nuevo.

Nunca dejaré de sentirme afortunado por haber trabajado aquí, y por haberos conocido a todos. Cada rostro de este lugar, cada risa compartida en la comida y cada reflexión inspirada son cosas que quedarán cristalizadas para siempre en mi corazón, como insectos fascinantes encerrados en una silicona transparente tan resistente que ni el xileno más corrosivo podría disolver. Porque sí, son los malos momentos los que te esculpen como persona, y los que te sirven de cimiento para construir ese muro cruel pero imprescindible que te protege del exterior; pero son los buenos recuerdos, esos que no van a dejar de existir por mucho que cambien o se alejen las personas que los crearon, los que te hacen mirar hacia adelante sin miedo, y abrazar el futuro y todo lo que le acompañe con la alegría, la pasión y el entusiasmo propios de alguien que ha aprendido que, mientras seas fiel a ti mismo, la vida es, en cualquier circunstancia, la aventura más emocionante que te puedas imaginar.

Así que sed felices, aunque no queráis. Y sed vosotros mismos siempre, aunque el coste de hacerlo sea a veces la soledad. Tu esencia es lo más importante que tienes, el arma más útil que puedes empuñar contra el sinsentido, la injusticia y toda la hipocresía que asolan a este maravilloso mundo que puede irse a tomar por saco si gente poderosa como tú no lo impide. Despojaos de todo ese lastre que os hace creer que mostrar vuestra vulnerabilidad os hace más débiles, porque en realidad lo único que hace es acercaros al resto de las personas. Sólo así podréis, algún día, mirar atrás y sentiros orgullosos de vuestro paso por el mundo, sabiendo que, no intentando ser alguien que no sois, habéis contribuido a hacer un poquito mejor el pequeño trozo de existencia que se os ha regalado. Yo, no lo dudéis ni por un instante, es lo que voy a sentir siempre que mi memoria regrese a esta pequeña esquina de Elgoibar. Y, al final del viaje, eso es lo único que me va a importar.

Diría que os deseo lo mejor, pero aparte de ser una perogrullada impropia de mí, es un término demasiado abstracto, tópico y ambiguo. Lo único que os deseo es que encontréis vuestro camino, sea el que sea, porque nunca es tarde para hacer lo que amáis de verdad, eso que en el fondo de vuestro ser sabéis que más os va a hacer libres. Sed valientes y que no os frene nada en ese viaje, ni un trabajo, ni una persona, ni un prejuicio, ni una duda o incertidumbre. Porque de todo se puede salir, incluso del autoengaño. Y porque todos estamos aquí por casualidad, y si no es un juguete con el que pasarlo bien y disfrutar, y con el que experimentar y aprender… ¿Qué es, entonces, la vida? Yo antes todo esto no lo sabía pero ahora, gracias en gran parte a vosotros, lo llevo grabado a fuego en mi piel. Y ese es de los tatuajes que, aunque no me hagan más molón, sí me han convertido en una persona digna de todo lo que este sitio, y todos vosotros, me habéis dado. Porque la vida perfecta no existe, pero es buscar esa evolución constante hacia la perfección, y no estancarse, lo que significa estar vivo.

Una persona que siempre os recordará,

Héctor Martín Aguilar

“Los recuerdos más felices son los momentos que terminaron cuando deberían haberlo hecho.” (Robert Brault)

EL ÚLTIMO BESO

Erase una vez un buen hombre, de esos que no abundan. Un hombre bajito, humilde y que guardaba en su interior una enorme ilusión. Era un hombre alegre, sencillo y con uno de los corazones más sinceros del mundo.

Érase una vez una buena mujer, de esas que no abundan. Una mujer alta, bonita y a la que le costaría que alguien se fijara en algo más allá de su apariencia. Era una mujer alegre, sencilla y con uno de los corazones más tiernos del mundo.

Érase una vez una coincidencia, de esas que no abundan. El hombre se enamoró de la mujer a pesar del aspecto de ella. La mujer se enamoró del hombre a pesar del aspecto de él. Y fue un amor de esos que se descubren y no se buscan, de esos que, cuando aparecen, no permiten a la mezquina duda penetrar en esa habitación sin paredes llamada felicidad. A pesar de que sólo se pudieron ver en persona unas pocas veces durante los próximos meses, al cabo de un año la mujer y el hombre se casaron. Y, al cabo de menos de otro año, nació su primer hijo.

Este niño nació antes de tiempo, como si tuviera prisa por empezar a vivir la aventura de la vida cuanto antes. Sin embargo, la pequeña criatura nació muy frágil, y tuvo que estar las dos primeras semanas de su vida encerrado en una incubadora para poder sobrevivir. Los primeros días de su existencia, quizás los más cruciales, los pasó aislado del cariño y las atenciones de sus padres. Esto dejó una huella eterna en el bebé: nunca daría por supuesto el amor de su familia, porque empezó su vida sin él. Una vez superada esta prueba, la madre no fue capaz de darle el pecho al niño, lo cual suplió con un instinto maternal y un amor tan profundos que marcarían al pequeño para siempre.

A los dos años de su nacimiento, el niño tuvo un hermano, por lo que desde muy pequeño pudo ejercitarse en el maravilloso arte de la generosidad. Durmiendo en la misma habitación, y coincidiendo en muchas aficiones, aprendió quizás una de las cosas más difíciles de aprender para una persona: que el verdadero cariño se trata de compartir tu vida con el resto de las personas, tu tiempo, tus miedos, tu alegría y tu alma.

A medida que el niño aprendía a bracear en el inmenso océano que es la vida, fue desarrollando cualidades y características poco usuales y que le hacían muy difícil que el resto de niños y niñas en el colegio empatizaran con él, porque lo diferente siempre causa sorpresa, miedo y desprecio. Al niño le gustaba leer y escribir pero, sobre todo, le gustaba ser él mismo. Le gustaba demostrar su ilusión y alegría por aprender en el colegio un nuevo idioma, le gustaba ayudar al niño del pupitre de al lado a sumar fracciones, y le gustaba llorar cuando una niña le llamaba feo en el patio durante el recreo. Y todo eso era lo que no le gustaba al resto, y por eso le insultaban, le pegaban y le dejaban de lado. Esto dejó una huella eterna en el niño: nunca daría por supuesto el amor de sus amigos, porque empezó su vida sin él. Sólo el infinito cariño, comprensión y calor que encontraba el niño al llegar a casa impidieron que llegara a creer que todo lo que era no servía, y que su vida sería mucho más fácil si cambiaba y hacía lo mismo que el resto de los niños en la escuela. Porque sus padres nunca le dijeron la dirección que tenía que tomar, sólo agarraron con amor las manitas de él y de su hermano, y les ayudaron a no desviarse del camino que ellos mismos habían, sin saberlo, decidido emprender. Les ayudaron a ser las personas que estaban destinadas a ser.

Al comenzar el bachillerato, el niño se convirtió en chico, y su madre decidió cambiarle de instituto, con la esperanza de que conociera nuevas personas e hiciera amigos. El niño no creía en esos momentos que aquello fuera posible, y aunque tenía un miedo atroz al nuevo escenario, no tuvo más remedio que aceptar. Y aquello le cambió la vida para siempre. Porque en el nuevo instituto sintió cómo era aceptado por lo que era, quizás porque allí los chicos y chicas no estaban lastrados por la vergüenza de las cosas malas que le habían hecho antes. Hablaban con él en el recreo, y le aceptaban en su grupo. Le invitaban a salir con ellos de fiesta, y le presentaban más gente, que a su vez también le aceptaban.

Al principio al chico le costaba abrirse, porque había aprendido lo que las personas podían pensar de él, pero finalmente logró asimilar el hecho de que tenía amigos. Y aquello le hizo muy feliz. Iba saltando de alegría al colegio, se emocionaba cada vez que otro chico le pasaba el brazo por los hombros y sentía un cosquilleo en el estómago cada vez que una chica le miraba como si no hubiera nada despreciable en él. Porque para él, sumido como estaba en disfrutar con el nuevo juguete desenterrado que era la amistad, el hecho de que una chica quisiera ser su novia no dejaba de ser otra de esas fantasías que leía en los libros y escuchaba en las canciones. No quiere decir que no le gustara ninguna chica, o que no se fijara en ellas. Era sólo que para él todo aquello era inalcanzable, como la inmortalidad o viajar a otro planeta. Y por mantener eso en el plano de lo platónico y fantástico, el hecho de no haber besado nunca a una chica o no haber tenido nunca novia no le causaban el menor dolor. Esto dejó una huella eterna en el chico: nunca daría por supuesto el amor de una mujer, porque empezó su vida sin él.

Esta emoción le acompañó durante toda la universidad, donde conoció a nuevas personas y avanzó por el camino que se había marcado. Aprendió nuevas cosas, creció, y se hizo fuerte. Y quizás por seguir tan estupefacto por volver a hacer nuevos amigos, siguió sin darle importancia al hecho de tener pareja.

Hasta que comenzó a trabajar y allí, en la empresa, conoció a una chica. Una chica que en un principio no significó nada pero que, con el correr de los meses y con su espontaneidad, estableció una relación con él que para el chico era nueva. Quizás únicamente se debió a que nunca había tenido que tratar tanto con una chica, o quizás había algo de genuino y especial en aquella en concreto, el caso es que el corazón del chico se comenzó a abrir poco a poco a una nueva verdad: a creer que la posibilidad de que una chica quisiera estar con él era real. Fue algo que fue fraguándose muy lentamente, siendo el chico inconsciente de ello hasta tal punto que el resto de las personas se dio cuenta antes que él. Pero un día, después de tres años de conocerla, la chica le miró de una manera especial y diferente, de una manera que le hizo sentir la chico cosas que nunca había experimentado antes. Nunca podría olvidar la sonrisa que le regaló ni tampoco lo que le hizo sentir el saberse por fin capaz de generar algo así en una chica.

Pero a la chica él no le interesaba y, al hablar con ella el tema, ésta le empezó a tratar de manera totalmente diferente a como lo había hecho antes, apartándose de él. Y por ello, y porque al chico no le habían enseñado a enfrentarse a la realidad de que podía experimentar esos sentimientos a esa edad, el chico se hundió. Pasó unos meses muy triste, aterrado e indeciso respecto a qué hacer con eso que había descubierto de sí mismo. Y lo de menos era que aquella chica no sintiera nada por él, ya que aquello quedaba eclipsado por el tremendo terremoto que supuso para él el cambio de perspectiva respecto a la vida que sufrió. Fue consciente de todas las cosas que no había experimentado hasta aquel momento, todas las oportunidades que había perdido para desarrollar un aspecto de su identidad que siempre había desconocido y que, ahora, se le presentaba inmensamente vacía y sin guía de cómo empezar a llenar.

Por todo esto, el chico se metió mucho dentro de sí mismo, intentando resolver él solo todas las dudas que le acosaban. Y ello acabó perjudicando a muchas de sus relaciones: hizo que sus padres se preocuparan por algo de lo que no tenían ninguna culpa; se alejó de sus compañeros de trabajo hasta el punto de convertir en algo doloroso lo que hasta hacía bien poco le llenaba de entusiasmo; y llegó a perder algunos amigos por el camino, al aprender el chico que personas que ni hicieran el esfuerzo de entenderle no merecían la pena. Pasaron los meses, y el tiempo comenzó al curar al chico poco a poco, cicatrizando las heridas que en realidad nadie le había infligido, las heridas que quizás siempre había tenido y en las que se había fijado demasiado tarde. Y aunque el primer impacto acabó diluyéndose y logró recuperar su antigua alegría con una madurez totalmente nueva, la incertidumbre de no saber si alguna vez sería especial para alguna mujer no le abandonó. Una incertidumbre con la que aprendió a convivir pero que, de vez en cuando, le hacía ponerse un poco triste. Al ver cómo las parejas se agarraban de la mano al pasear por la calle, cómo algo tan maravilloso como una nueva vida surgía de la unión de dos personas, cómo las chicas miraban a los chicos de una manera totalmente extraña para él, como toda le gente a su alrededor se iba a vivir en pareja y se casaba, en un momento de su vida en la que él todavía desconocía el sabor de un beso o el tacto de una caricia en la intimidad.

El tiempo es sabio y no se para por nadie, y obliga a todas las personas a enfrentarse a nuevas situaciones para poder crecer. Y pocas son las que suelen aprovechar ese regalo en forma de oportunidad. Una de esas personas fue el chico que, poco a poco, y a base de vivir y no rendirse, se convirtió en un hombre. Acabó dejando su primer trabajo, no por miedo, sino porque ya no sentía aquel lugar, aquellas personas, de la manera que la hizo una persona que ya no existía. Había cambiado, y necesitaba abrirse a un nuevo mundo que no tuviera prejuicios contra él por culpa de los errores que nunca cometió en su pasado. Quizás con la esperanza de que aquello significara para el hombre lo que cambiarse de colegio había supuesto para el chico.

Comenzó a abrirse a nuevas experiencias, perdió el miedo a cosas que antes le cortaban la respiración, y aprendió a no perder a pesar de todo su esencia. Con el transcurso de los años, su pensamiento pasó por múltiples etapas: llegó a intentar con todas sus fuerzas perder la esperanza por descubrir el amor de una mujer, porque así, si realmente nunca llegaba, no sufriría; llegó a intentar odiar con todas sus fuerzas a las mujeres, analizando con precisión clínica todas sus imperfecciones, como intentando convencerse de que realmente no se perdía gran cosa; estudió las relaciones que más cerca tenía de una manera mezquina, observando con lupa y llegando la conclusión de que aquello no era lo que él quería. Pero ninguna de estos estados, ni la desilusión, ni el odio, o el resentimiento, le duraban mucho al hombre. Porque en el fondo era el mismo niño que ayudaba con los deberes a los compañeros que luego no querían ser sus amigos, y lo que más le gustaba era ser él mismo. Y él era una persona llena de ilusiones, de alegría y de amor por el ser humano, porque a lo largo de su vida había descubierto que no existen de verdad las malas personas, sino sólo las personas que se dejaban dominar por sus miedos y que no queriendo reconocer su propia vulnerabilidad acababan haciendo daño a sus seres queridos. Por mucho que se esforzaba por dejar atrás todas las cosas que él creía que le impedían lograr conseguir lo que quería, siempre acababa rindiéndose a la realidad de que él era feliz de maneras que ni siquiera las personas con pareja llegarían a experimentar nunca.

Su hermano se casó y tuvo familia, sus padres se murieron, él conoció a muchas personas, visitó medio mundo y llegó a convertirse en la persona que siempre había querido ser. Pero a pesar de todo lo que había logrado en la vida, de todos sus éxitos profesionales, de la relación tan profunda que había logrado mantener con su hermano, de todo el increíble conocimiento que había adquirido y de la dimensión emocional que había alcanzado, a pesar de todo ello y a pesar de ser más feliz de lo que nunca había creído posible, aún había momentos en los que el hombre se miraba al espejo y lo único que veía era ese gran agujero que había descubierto tan tarde. Sólo veía los ojos de ese bebé sin padres, de ese niño sin amigos, y de ese chico al que nunca le habían querido dar un beso. Y aunque siempre lograba sobreponerse gracias a la fuerza inagotable que había en su interior, lo cierto es que el tiempo pasaba y el hombre no lograba que su situación cambiara.

El motivo de que nunca surgiera la ocasión no era el miedo, ya que era algo que hacía tiempo había perdido. Quizás lo que le frenaba al hombre eran sus propias expectativas, como si lo que buscaba fuera tan perfecto y maravilloso que nunca pudiera encontrarlo. Realmente, en los momentos en los que más sincero era consigo mismo, reconocía que él no ansiaba lo que veía en las parejas de su alrededor, ya que siempre notaba que ahí faltaba algo. Algo que él ya tenía y que lo único que deseaba ya de la vida era poder compartir. Otras veces pensaba que quizás su destino era sacrificar ese aspecto de su identidad por haber desarrollado otros que la mayoría de las personas nunca llegaba siquiera a descubrir, pero él no creía en el destino. Y otras veces, en las que se cansaba de sentir y pensar en posibles explicaciones, se rendía al hecho tan poco transcendental de que había tenido mala suerte en ese aspecto en la vida, y punto.

Como no quería dejar el mundo sin que sus valores y su cariño desaparecieran y nunca nadie lo recordara, el hombre adoptó a un niño y le dio todo el cariño y el amor que las mujeres siempre habían rechazado de él. Aquello le dio un nuevo sentido a su vida, pero ni la devoción absoluta que su hijo desarrolló por él logró ocultar del todo ese vacío que siempre le acechaba cuando se despertaba sólo en su cama, sin nadie que le abrazara y le deseara un buen día. Esa pena que sentía cuando llegaba a casa y no había nadie a quien contarle lo que había pasado, nadie a quien pedir consejo o a quien mirar sabiendo que su sola presencia era solución suficiente para todos los problemas.

Las décadas pasaron, y el hombre se convirtió en anciano. Al llegar a la residencia de personas mayores hizo nuevos amigos, y por un momento se sintió el niño a quien su madre había animado a cambiar de colegio. Le visitaban su hermano, su hijo y los pocos seres queridos que había logrado mantener a lo largo de la vida. Allí pasó los últimos días de su existencia, aislado como estuvo en la incubadora de todas las personas para las que alguna vez había significado algo. Pero él siempre tenía algo que hacer, un nuevo libro con el que aprender, una canción con la que emocionarse o una película con la que reírse. Su vida no era plena, pero era una vida magnífica, porque siempre se tenía a sí mismo, una compañía que muchas personas perdían en el trascurso de la vida. Una compañía que él había logrado atesorar a pesar de todo, como un objeto muy frágil de porcelana del que nunca se hubiera separado y hubiera conseguido mantener intacto.

Allí en la residencia estableció una bonita relación con una de las enfermeras que le cuidaban. Ella mostró desde el primer momento un interés en él, haciéndole sentir al anciano especial de maneras que, incluso a esa edad, eran nuevas para él. La enfermera le preguntaba por su vida, y él la hacía reír, llorar y reflexionar. Ella también compartía sus cosas con él, y le contaba las nuevas travesuras de sus hijas y los detalles que su marido tenía con ella. Pasaban todo el tiempo que podían en la residencia juntos, pero ella siempre volvía a su vida, la de verdad, la que ella había elegido, y él volvía sólo a su cama, mirando por la ventana esa luna que siempre había pensado que también miraba la que sería la mujer de su vida. Pero él sólo era uno más entre un millón para esa luna, y aquella mujer nunca apareció.

Hubo un día en el que al anciano le fallaron las fuerzas, y ni el bastón ni toda la sabiduría que acumulaba le sirvieron de ayuda, y se cayó por las escaleras. Se hizo mucho daño, y los médicos le dijeron que ya nunca podría salir de la cama. En esas últimas semanas de su vida, todas las personas a las que tanto quería fueron a visitarle, y sentándose al lado de su cama le contaban historias. Porque él ya no podía leer ni ver películas, y seguía necesitando el consuelo de los relatos. De saber que había más gente ahí afuera, gente como él, gente que había conseguido lo que a él siempre se le había negado. Sin saberlo, el hombre dejaría un vacío en todas esas personas que ni un beso ni una caricia eran capaces de ocupar. El vacío que dejan esas personas que con su autenticidad han logrado ayudar al resto de personas a ser ellas mismas y, así, les han hecho el mayor regalo que alguien puede hacerle a otra persona. El mismo regalo que le habían hecho a él toda la vida. Y que quizás no había sabido agradecer en su justa medida.

Ocurrió el último día de su vida, cuando ya notaba la muerte asomando por la puerta de la habitación y no tenía ya ni fuerzas para girar la cabeza y mirar la luna por la ventana. Tras la visita diaria de su hermano, el hombre se quedó solo. Hasta que escuchó unos golpecitos en la puerta y entró muy despacito la enfermera, se inclinó sobre él y, con lágrimas en los ojos y una sonrisa en la mirada, le dio un beso en los labios.

Y aquel, que fue el último beso que le dieron al anciano, fue también el primero. Un beso lleno de ternura, admiración y verdad, de esos que hay muchas personas a las que nunca les dan, y que él había estado esperando durante toda la vida. Un beso carente de toda lástima y reproche, un beso nacido del corazón. Un beso que compensaba todos los que nunca le dieron, un beso por el que había merecido la pena esperar. Un beso al que le habían llevado sus padres, su hermano, todos aquellos que le habían despreciado, sus amigos, la chica que le descubrió la esperanza, su hijo, todo lo que había leído, visto, oído y sentido. Un beso tan maravilloso que daba tanto sentido a lo que había venido antes, que el anciano no pudo más que morir sabiendo que todo lo que había ocurrido había sido bueno, porque le había llevado a ese instante tan lleno de significado. A la catarsis de su vida. Una vida vivida con intensidad, honestidad y respeto por sí mismo. Y quizás sólo por ese regalo, por poder morir al fin en paz y mirando con un cariño inconmensurable a todas su versiones pasadas, quizás sólo por eso habían compensado todos los sacrificios y lágrimas.

Y así, en el último segundo antes de expirar, el anciano intentó buscar ese vacío que siempre le había acompañado como una sombra inventada, pero no lo encontró. Y murió como muy pocos logran morir. Murió como la persona que siempre había sido: una persona completa.

Héctor Martín Aguilar

23/10/2018

Esta historia se la dedico al chico de la historia,

de quien estoy orgulloso a niveles que nunca creí posible.

Porque se llegue o no a convertir en el hombre que describo en el cuento,

siempre podrá volver a estos párrafos para no perder el rumbo.

ANSIEDAD

Por qué lo que para otros es su estado natural,

para mí es algo casi imposible de alcanzar;

por qué cada vez que me expreso de manera verbal,

me alejo tanto de lo que de verdad quiero mostrar.

Por qué me niego a nadar con la mayoría en la superficie,

y a seleccionar cuidadosamente con quien hundirme en la profundidad;

por qué parezco incapaz de que toda relación me beneficie,

de evitar forzar sacar de todo corazón una amistad.

Por qué siempre quiero ir un poco más allá con los demás,

descubrir lo que les da de verdad pánico o esperanza;

por qué creo que darles cada vez de mí un poco más,

nunca va a dar otro resultado que no sea la confianza.

Por qué no me doy cuenta ya de una maldita vez,

que forzar la cercanía a veces resulta en miedo;

por qué no puedo evitar a veces convertirme en juez,

no entender que no tienen por qué compartir mi mismo credo.

Por qué cuando me intento centrar en lo que al otro me acerca,

siempre parezco sacar a relucir lo que de verdad nos diferencia;

por qué mi mente es incapaz de dejar de ser tan terca,

empeñada en impedir en las relaciones toda sensación de ausencia.

Por qué no entiendo que siempre es mejor recibida una broma o una risa,

que una reflexión sincera expresada desde lo más hondo del corazón;

por qué siempre me frustra buscar un huracán y sólo encontrar una ligera brisa,

no entender que la paz y la tranquilidad es el origen de toda compasión.

 

Por qué me cuesta tanto entender el concepto del camuflaje,

detenerme si hace falta en mis relaciones en el nivel de la cortesía;

por qué en ocasiones siento que me falta el coraje

para aceptar que todos no son un espejo y no buscar ahí mi simetría.

Por qué me sorprende cómo puede mucha gente estar dispuesta a ayudar,

a sacarte una sonrisa y darte la mano en caso de necesidad;

por qué sin embargo les cuesta mucho más esfuerzo el perdonar,

y sólo cuando tu problema les afecta a ellos sacan a relucir su mezquindad.

Por qué en este mundo ser tú mismo es síntoma de debilidad,

al no estar la gente acostumbrada a tanto flujo de emociones;

por qué diluir en mi trato lo que soy me genera tanta soledad,

y me duele que el resto no me quiera explicar siempre sus razones.

Por qué quiero llegar al centro de lo que define a cada persona,

si quizás ellos todavía no hayan querido hacer nunca ese ejercicio;

por qué no puedo entender que si algo sólo a mí me emociona,

no se trata en realidad de una injustica contra mí mismo sino de un prejuicio.

Por qué me da miedo descubrir que no es que yo sea así en realidad,

sino que de mí se haya apoderado una extraña enfermedad;

por qué no me identifico con las acusaciones que recibo de crueldad,

si quizás lo único que me ocurre es que se ha apoderado de mí la ansiedad.

Por qué creo que para no sufrir y en los demás dejar de causar extrañeza,

tengo que desistir en mis ilusiones de lo que creo mejor para la sociedad;

por qué no puedo soportar de los que me rodean la crudeza,

no saber cómo poder saltar la enorme barrera de su nueva frialdad.

Por qué he retorcido tanto el concepto de las relaciones y su impacto,

que mucha gente me insiste en que me hace falta ponerme una coraza;

por qué ya no me sirve como herramienta de mis palabras el tacto,

y parece que mi cambio pasa en realidad por ponerme una mordaza.

Por qué a veces pienso que tengo que escuchar más a mi corazón que a mi cabeza,

como si mis ideas u ocurrencias estuvieran desligadas de mis sensaciones;

por qué la gente a veces sin preguntar parece tener la absoluta certeza,

de que desde su perspectiva tiene pleno conocimiento de mis motivaciones.

Por qué me aterra sospechar que la única salida a esta situación,

sea que lo que antes me ilusionaba ahora me dé igual;

por qué no quiero reconocer que el asunto ya no tiene solución,

de que ya he cruzado de los límites de lo soportable el umbral.

Por qué se me acusa a veces que no soy una persona que escucha,

cuando en realidad yo pienso que lo importante es que alguien te comprenda;

por qué mi existencia parece ser una constante e interminable lucha,

en busca de que todo lo que me ocurre a diario en el infinito trascienda.

Por qué soy tan estúpido de herir a quien de verdad importo,

sólo porque su manera de expresarlo no resuena en mi interior;

por qué creo que en el intervalo de la vida que es tan corto,

podemos entre todos eliminar del mundo todo atisbo de temor.

Por qué no dejo de hacerme todo el tiempo tanta pregunta,

como gritos aullados al mundo en busca de respuesta;

por qué mi objetivo siempre hacia algo más allá de lo que veo apunta,

como si toda persona estuviera a acompañarme en el camino dispuesta.

Por qué me cuesta tanto terminar de escribir este poema,

dejar las cosas como están y no darle más vuelta al tema;

por qué cada nueva experiencia para mí es un forzado dilema,

y siempre busco pruebas para demostrar de la vida mi teorema.

Y voy a acabar no con una cuestión sino con una certeza,

de que no es obstáculo toda roca que nos encontremos en el camino,

porque no oculta la visión del paisaje sino que amplifica su belleza,

ya que levantarla y ver lo que oculta nos acerca más a nuestro destino.

 

Dedicado a todo aquel que se haya sentido forzado

 a dar respuesta a estas preguntas.

                23/03/2018

Héctor Martín Aguilar

LA PAZ DE EN MEDIO

Mi nombre es Héctor Martín Aguilar, y esta es mi historia. Es una historia mundana, cotidiana, tan simple y sencilla que casi ocurre únicamente dentro de mi cabeza. Y digo casi porque estos días me he dado cuenta de que lo que crees que ocurre sólo en tu interior puede tener consecuencias devastadoras en la gente que te rodea. Y me he obligado a decir basta, hasta aquí  has llegado, chaval. No puedes seguir así.

Pero para avanzar hay que mirar primero atrás por última vez. Es por ello que, antes de nada, debo exponer unos pocos hechos de mi vida que me han forjado como la persona que soy hoy.

Lo primero que tenéis que saber es que he crecido con un padre, una madre y un hermano que me han querido. Y no es una chorrada, porque muchos no pueden decir eso, ya sea porque no han tenido una familia o porque ésta no les ha aceptado tal y como son. A mí me han dado un tipo de amor incondicional que hoy en día es muy raro, un amor que no juzga, sino que se basa únicamente en la generosidad y la comprensión. En no imponer y ayudar a la otra persona a encontrarse a sí misma. Esto es de una importancia capital, porque la idea de que dicho amor es posible en el mundo injusto en el que vivimos es una idea sobre la he construido todo lo demás. Y estoy tremendamente agradecido por ello, aunque sea una idea que choca casi siempre con la realidad.

La segunda cosa importante de mi vida que debéis conocer es que yo era un marginado en el colegio. El caso de otras personas es mucho peor, pero a mí me pegaban y me insultaban. Porque era el chico de gafitas que se ilusionaba con aprender y era un paquete en gimnasia. Pero eso no es lo peor. Los moratones se quitaban y los insultos se olvidaban. Pero lo que sí me marcó es el no sentirme aceptado en un grupo de amigos. Yo eso sólo lo descubrí cuando me cambié de colegio en Bachiller, gracias a que mi madre se empeñó, aunque yo estaba aterrorizado. Ese fue el primer punto de inflexión en mi vida: el ver que podía ser apreciado por el mundo exterior a mi familia. El segundo ha ocurrido recientemente: el creerme que puedo ser apreciado por el mundo exterior a mi familia. Pero me estoy adelantando.

También es crucial que diga que en esa época de bullying conocí la lectura, y viajando a mil lugares y escuchando a mil personas me reafirmé en la idea de que un mundo mejor era posible, en el que el amor de verdad y la sinceridad fueran el pan nuestro de cada día. Un mundo en el que la gente fuera abierta con sus sentimientos y los compartiera con los demás como hacía el autor del libro que acunaba entre mis manos. Una visión del mundo que chocaba constantemente con la realidad exterior, pero en la que volvía a creer al llegar a mi casa. Una contradicción constante. Los libros no es que me amueblaran la cabeza, es que gracias a ellos construí un castillo gigantesco en mi interior, lleno de cientos de habitaciones diferentes, terrazas enormes con increíbles vistas, y algún que otro calabozo al que me he atrevido a asomarme últimamente.

Yo llegué a pensar que nunca tendría amigos, y es por ello que, cuando los tuve, me sorprendí y lo consideré un regalo que se me daba aunque no lo mereciera. Y esa es una losa que me ha perseguido durante muchos años. Porque es la misma que me hace creer que no soy digno, bajo lo que se espera de las personas hoy en día, de tener algún día una pareja que me quiera y formar una familia como la que a mí se me ha dado. Voy a cumplir 28 años y nunca he intercambiado un beso con una chica. Me rozan el brazo y a día de hoy todavía me pongo nervioso. Como cuando alguien me dice algo agradable. Es como si fuera lo que busco constantemente pero, cuando lo encuentro, no sé cómo reaccionar. Y no es por timidez, sino porque quizás todavía soy en el fondo el niño cuyos únicos amigos eran de papel.

Ese es mi pasado. Ahora os voy a contar mi presente, pero aquí también os tengo que decir dos cosas de mí mismo que, esto sí, os lo tenéis que creer. Todo lo anterior es algo objetivo, lo de ahora quizás me lo haya inventado. Pero son dos cosas que creo de mí mismo, y sobre lo que tengo que construir todo lo que vendrá a partir de ahora.

La primera es muy simple: no soy mala persona. A pesar de lo que voy a contar más adelante, creo firmemente que en mí no hay ninguna intención de hacer daño a los demás de manera consciente. De que me preocupo por los demás, y de que intento hacer lo que está en mi mano para hacer de este un mundo mejor. Claro, siempre desde mi punto de vista, y muchas veces de la manera incorrecta. Pero eso vendrá después.

Y la segunda es la maldición que me ha perseguido toda mi vida: vivo y experimento la realidad que me rodea siempre moviéndome en los extremos. No es que crea que todo es blanco o negro, pero sí que me cuesta conformarme con los grises. Como si siempre buscara la pureza absoluta, y el no encontrarla, porque no existe, me llenara de frustración. Si a todo esto sumáis que soy una persona extremadamente sensible y racional al mismo tiempo, pues tenéis preparado un explosivo de puta madre. Porque siento muchas cosas a diario en mi interior y, al intentar entenderlas y darles un sentido, me siento abrumado. Mucha gente me ha dicho que fluya, pero eso es mucho más fácil hacerlo cuando eres un pequeño riachuelo que cuando tienes decenas de cataratas cayendo al vacío en tu interior. Lo cual no lo hace menos cierto.

Y a este punto quería llegar yo. A que una cosa es lo que sientes, y otra muy distinta lo que haces con esas emociones. Cómo las traduces a un lenguaje comprensible para el resto, y cómo no las conviertes en un arma contra ti mismo.

Os voy a poner un ejemplo muy simple en apariencia, pero que encierra todo lo bueno y lo malo que me define como persona. Igual que me pasa con la lectura, soy muy sensitivo con el cine, sólo que lo primero lo hago en solitario, y lo segundo a veces lo hago en un cine en sociedad. Casi siempre hay algo en lo que veo que resuena en mi interior, que me descubre cosas de mí mismo o con lo que me siento menos sólo al sentirme ahí identificado. En algo que ha hecho otra persona que no soy yo. Es contradictorio lo que voy a decir, pero empatizo muchísimo con lo que veo en la pantalla y nada con la gente que veo salir del cine. Suelo salir muy afectado casi siempre del cine, incluso con la película más simple del mundo, porque noto que salgo diferente a cómo he entrado. Y eso es algo muy personal e importante para mí. Y sufro mucho. Y sin embargo, noto que la mayoría del resto no ha experimentado nada, ni ha llegado a ninguna conclusión más que la de matar un par de horas. Y no lo entiendo. Y la gente se asusta con mis reacciones. Y ahí hay algo muy bueno, y es que no me cierro a crecer como persona con una cosa tan chorra como una película, pero también hay una cosa muy mala, y es que al no sentirme identificado con los demás, creo que debo sacarles de su error. Y ahí está el problema, no sólo en que considere que es un error, cuando quizás no lo sea, sino en creer que es mi trabajo arreglarlo.

Si algo me han dicho incontables veces en mi vida multitud de personas, es que cuando me expreso doy la sensación de creer que soy poseedor de la verdad absoluta. Y es la única cosa que no voy a admitir de lo que piensan de mí los demás. Lo único. Pero no voy a hacerlo. Y no lo voy a hacer porque es mentira. Sí que es verdad que yo las cosas las pienso mucho, y me cuesta no creer a veces que mi opinión quizás vale un poco más que la de alguien que la suelta a botepronto sin un análisis detrás. Pero nunca me creo por encima de la otra persona, y si lo digo en voz alta y lo comparto es precisamente porque necesito contrastarlo y asegurarme de que estoy en lo cierto o que me equivoco. Siempre he creído, de manera muy equivocada, que la gente que no dice lo que piensa es la que realmente es arrogante, tan segura de sí misma que no le hace falta saber lo que opina el resto. Eso es mentira, lo sé. Pero de lo que a mí se me acusa también. Lo que no es mentira es que la gente puede estar en su perfecto derecho a creerlo, sobre todo cuando mi actitud y comportamiento así lo demuestran. Soy una persona que me altero fácilmente, que alzo la voz casi siempre que hablo de algo que me importa –que suele ser casi todo- y que hago unos aspavientos con las manos que se pueden considerar violentos. Sí, lo reconozco. Tengo un problema y he vivido equivocado hasta ahora. Equivocado en pensar que por exagerar las cosas los demás se las van a creer más, equivocado en pensar que todo el mundo está preparado o tiene las ganas de intentar ver mi visión de la vida, equivocado en creer que la felicidad no tiene nada que ver con la paz.

En jerga técnica, podríamos decir que tengo unos niveles de asertividad que están por los suelos. Y entiendo perfectamente que haya ahora mismo personas que me hayan retirado su trato, un trato que para mí vale mucho, porque me he comportado como un capullo, y todo por no saber gestionar lo que siento. Y para mí es algo muy dramático, porque lo que llevo dentro creo que es algo precioso y muy bonito, pero que lo comparto de una manera tan retorcida que lo acabo convirtiendo en algo despreciable y digno de un bastardo. ¿Que qué es lo que me ha abierto los ojos a esta realidad que me lleva diciendo todo el mundo durante años? Pues llegar a un punto de aparente no retorno con algunas personas, en las que se han sentido tan ofendidas y decepcionadas conmigo que han perdido ya la esperanza.

He llegado a pensar esta temporada muchas tonterías: que para poder desarrollarme mejor en la sociedad lo mejor es que me convirtiera en una mala persona que no siente ningún aprecio por los demás, en que mi mayor error ha sido intentar crear a toda costa vínculos de afecto con casi todo el que me rodea, o la más turbia de todas, y es que quizás estén todos los demás equivocados y que a mí en este mundo no quede otro remedio que vivir en la frustración constante. Pues bien, todos esos pensamientos son basura que hay que desechar, porque son mentira. Y con esto no quiero decir que tenga que dejar de ser yo mismo o dejar de pensar y sentir las cosas como lo hago, porque tengo la firme convicción de que lo que soy es algo bueno, aunque la gente se haya reído de mí. Pero una cosa es lo que uno es, y otra muy diferente es cómo uno es. Y me entristece muchísimo el encontrarme siempre un muro cuando intento sacar lo que tengo dentro de mí y enseñárselo a los demás. Y el muro son mis miedos y mi maldita manía de vivir en los extremos. De creer que las cosas no requieren tiempo y paciencia, y que el cariño y el amor son vacunas que se administran con un fuerte pinchazo de dosis letal, en vez de con suaves pomadas que hay que administrar poco a poco y con cuidado de aplicarlas en la parte del cuerpo adecuada.

Y me duele mucho, pero mucho, creer que la vida sólo me ha dado jeringuillas y ningún bote. Me duele porque sé que no es cierto, pero a veces ver lo que me rodea me llena de pena y me harto de hacer algo que parece que no sirve. Y aquí voy a ser egoísta, al decir que no es que no sirva para los demás, sino tampoco para mí mismo. Veo gente actuar de manera cruel de verdad, con desprecio hacia el sexo, la raza o la edad contraria, y también veo a esas mismas personas crecer profesionalmente y formar una familia y encontrar con suma facilidad alguien que quiere acompañarles en la vida. Y no estoy diciendo que necesite ser millonario y follarme a una cada fin de semana. Nada más alejado de lo que busco en la vida. Siempre me he entristecido por ver cómo esas metas las consiguen a veces los que menos se lo merecen, y yo, que mi única aspiración en la vida es que me comprendan, no lo logro. Ahora me doy cuenta de que quizás sea algo mucho más complicado de alcanzar que el dinero o el sexo, y que yo me pongo trampas a mí mismo con el boicoteo sistemático al que me someto. Y no puedo pretender que los demás vean algo que yo no demuestro con mi comportamiento. Eso es así, y he sido un estúpido al creerlo hasta ahora. Un auténtico necio.

Ya he os he contado el origen de mi problema, sus causas y sus consecuencias. Lo más duro es contaros cómo pretendo solucionarlo. Y es duro porque pasa por hacer una de las proezas más difíciles a las que se puede enfrentar alguien: que es cambiar. Sobre todo cambiar algo tan visceral, algo que ya casi forma parte de mí como una costra, y hacerlo en una situación en la que tienes un constante recordatorio de sus consecuencias nefastas. Pero voy a intentarlo, o hundirme en el intento. Porque si no lo hago, de lo que estoy seguro es que me voy a hundir, o lo que es peor, hundir a los demás conmigo. Hundir a la gente que siente estima por mí, a los que alguna vez en su vida me han mirado y sus ojos me han dicho que yo era algo bueno. Porque en mi camino de autodestrucción no voy a llevarme a nadie a quien importo un pito. Eso lo tengo ahora clarísimo.

Va a ser complicado, y me da un vértigo muy grande, pero en realidad todo pasa por reconocer una cosa que me cuesta mucho reconocer: y es que yo nunca he vivido a gusto conmigo mismo. En que siempre he estado en constante batalla con lo que soy y con el resto, en la implacable ambición de hacerme a mí mismo y a los demás la mejor versión de nosotros mismos posibles. De hacerlo a toda costa. De vivir en los extremos creyendo que en el centro está la mediocridad y sin ver que ahí está lo más importante de todo: la paz, eso que yo no he conocido nunca. La paz que da saber que eres algo bueno y que todo lo bueno que tienes en la vida es porque tú te lo has ganado siendo cómo eres; la paz que da saber que no necesitas imponer a los demás que comprendan tu visión del mundo, ya que si realmente has pasado toda tu vida forjando la persona que eres, eso es algo tan evidente que todo el mundo lo ve, sin necesidad de que se lo restriegues por la cara, ni esperando que te lo reconozcan a viva voz; la paz que ofrece el dar a las cosas la importancia que tienen, en no contraponer constantemente lo que tú eres y lo que los demás piensan de ti; la paz que da saber que no hace falta que ocultes ni tus sentimientos, ni tus opiniones, ni tus debilidades a los demás, porque sabes que demostrarlos no es nada malo y que los demás, cada uno a su manera, lo aprecian y respetan de verdad, aunque no se lo reconozcan ni a sí mismos a veces.

Muchas personas me han dicho que tengo que ponerme una coraza para protegerme el exterior. No creo que sea cierto. Creo lo contrario, creo que he vivido hasta ahora con un escudo formado de prejuicios contra mí mismo, que nada tiene que ver con la autoestima, sino con lo que me atrevo a creer que puedo merecer en la vida. Que puedo merecer y que merezco, porque ya lo tengo, desde hace mucho tiempo.

Soy una persona muy receptiva a todo lo que le rodea, pero que tiendo a forzarme a que todo lo que pasa a través de mí deje un poso infinito en mi personalidad, en vez de permitir que las cosas me atraviesen con naturalidad y me influyan en lo que tengan que influir. Porque siendo como soy, seguro que lo hacen. Pero no puede ser algo que yo fuerce, porque la maquinaria que se encarga de ello a veces no está todo lo avanzada que se requiere, y empieza funcionar de maneras muy raras que tienen el riesgo de hacerla acabar en escombros. Necesito pensar que todavía no he llegado a ese punto, de que no es tarde para empezar a desmontar esa máquina llena de millones de engranajes y de tornillos que apenas son capaces de soportar el peso al que les someto. De que no es tarde para limpiar el hollín acumulado durante tantos años, de engrasar las partes que realmente son útiles. De que no es tarde para simplificar, con la firme convicción de que lo simple no se contrapone con lo trascendente.

Sufro por haber decepcionado a tanta gente: a mi familia, que me ha dado lo único importante, que es la libertad, y a la que a veces se la he echado en cara; a mis amigos, a los que he exigido que cumplieran unas expectativas totalmente irreales y, sobre todo, innecesarias; y a mis compañeros del trabajo, a los que no he sabido agradecer con mis actitudes el ambiente tan bonito creado y difícil de encontrar en una situación así. Con algunos quizás ya no haya punto de retorno, pero eso es lo primero que tengo que tomar de una manera natural, sin dramatismos ni racionalizaciones. Porque la vida es así, y si no me ofusco en ello quizás pueda salvarme a mí mismo y a mis relaciones en el proceso. Sólo así lograré salir de mi celda y hacer imposible que el resto no vea todo lo que me ha costado tanto construir en mi vida. Sólo así mis relaciones exteriores podrán ser un reflejo de mi vida interior, y hacer así feliz a la gente a la que importo. En vez de todo lo contrario.

 

27/02/2018

Dedicado a todo aquel a quien alguna vez he decepcionado

POEMA A LA PACIENCIA

En el bus iba hoy meditando sobre variadas injusticias,

observando a una pareja delante de mí lleno de desconcierto,

ya que con desidia compartían besos y caricias,

como peces del mar que nunca han experimentado antes el desierto.

 

En sus miradas cansadas atisbé la cotidianidad de su fervor,

cómo se habían acostumbrado a todo lo bueno que tenían,

cómo habían olvidado hacía tiempo de sus labios el primer sabor,

cómo hablaban de viajes e hijos con la intención de recordar cómo antes se sentían.

 

Pero también a mí mismo en el cristal me vi reflejado,

y me sorprendí por no ver en mi mirada ni envidia ni rencor,

por vislumbrar contra el cambiante exterior la certeza de un sentimiento no saciado,

el pánico a nunca descubrir junto a una mujer que me quiera el significado del amor.

 

Porque aunque en mi debilidad tenga la firme creencia

de que mi soledad me inhabilita como ser humano,

también es cierto que nunca voy a perder la paciencia

por vislumbrar todo lo maravilloso que el resto asume como cotidiano.

 

A veces creo que lo que tienen todos los demás a mí se me niega,

como si en lo que soy hubiera algún irreparable problema,

y otras veces concluyo que quizás todo por lo que mi alma ruega

no exista más allá de los ilusos versos de este poema.

 

 

Quizás algunos buscan que la otra persona en ellos encuentre

lo que como personas les hace especiales en su interior,

yo sólo ansío que alguien en lo que yo veo de bueno en mí se adentre,

y me confirme mis creencias al compartir conmigo su alegría y su dolor.

 

Sólo me queda para poder seguir adelante el espejismo de una esperanza,

la absurda idea de que por haber convertido en mi sueño la mundana realidad,

si llega alguien algún día a concederme su cariño y su confianza,

podré llegar a apreciarlas como si me acabaran de regalar la eternidad.

 

Y al bajar del bus y dirigirme hacia el refugio de mi hogar,

empaticé de una manera muy vívida con todos los que han sido expulsados del camino,

con esa multitud que tiene miedo de lo que en el futuro les pueda faltar,

aquello que por algún extraño y cruel motivo parece haberles negado el destino.

 

Y de dicho sentimiento de auténtica y genuina identificación

ha nacido en mí una inesperada y repentina tranquilidad,

de que mi vida no está escrita de antemano como un guión,

y de que la ilusión de lo que soy puede ser de otra persona la absoluta seguridad.

 

De que en toda historia hay para cada cosa un determinado momento,

de que quien fuerza las cosas importantes de su vida

corre el riesgo de hartarse de ellas como le ocurre al sediento,

y de que quien sabe esperar las guarda en su corazón para siempre y ya nunca más las olvida.

 

22/01/2018

Héctor Martín Aguilar

LA ISLA DE LOS DALTÓNICOS

Érase una vez, en medio del Pacífico, una isla llamada Pingelap. Poseía una belleza portentosa, con arenosas playas paradisíacas, verdes y frondosas palmeras, y pájaros de mil colores. Todos sus habitantes vivían de lo que cazaban y recolectaban, ya que estaban demasiado ensimismados contemplando la belleza que les rodeaba que apenas tenían tiempo más que para saciar sus instintos más básicos de supervivencia.

Mientras el mundo exterior se volvía gris con el humo de los cadáveres y rojo con la sangre derramada en mil guerras, en Pingelap los siglos pasaron como si toda la isla estuviera envuelta en una gota gigante de miel, y todo ocurriera a cámara lenta, con increíble parsimonia. Hasta que una vez nació un rey diferente a los demás, ya que parecía ajeno a todas las maravillas de la naturaleza, al azul prístino del mar en los amaneceres, y al anaranjado atardecer que enmudecía hasta el aullar de los monos. Ejercía su cargo con una determinación inusitada en aquel lugar, y en vez de dejar a los habitantes fluir con el oleaje y el batir del viento, les animaba a crear nuevos refugios, a inventar nuevos cachivaches que les protegieran contra las inclemencias del tiempo y de los animales salvajes. Pero allí la muerte de alguien era tan común como un nuevo nacimiento, y nadie le prestó mucha atención, por más que él utilizara irrebatibles argumentos para convencerles.

Casi nunca se dejaba ver a la luz directa del astro, y los que le habían visto merodear por la noche comentaban que su agilidad para esquivar todo tipo de obstáculos en la oscuridad rivalizaba con la de un puma. Para sus habitantes, el rey era un loco poseído por una extraña maldición que le impedía contemplar la majestuosidad de aquel rincón del mundo, y como tal, no merecía tener descendencia y transmitir el demonio a sus hijos.

Pero no fue así, y entre las muchas horas que invertía en diseñar nuevos cacharros y crear nombres para dichos inventos, hasta el punto de convertir su cabaña en una especie de fortaleza multicolor que desentonaba con sus alrededores; decía que entre las muchas horas que eso le llevaba, el rey consiguió enamorarse de una de las muchachas más humildes del pueblo, que le ayudaba a recoger los extraños materiales que para sus chismes requería. Y ella, cómo no, aceptó darle descendencia al rey. Las malas lenguas decían que el rey sólo podía optar a la que todo el mundo consideraba como la chica más fea que hubiera pisado la isla, mientras que otros sospechaban en secreto que quizás el rey había podido observar algo en ella que había pasado desapercibido para los demás.

Y así, entre habladurías, llegó el fatídico día en el que el viento enmudeció, los animales se retiraron al interior de la selva y el mar se alejó tanto del poblado de los hombres, que estos pudieron ver los cadáveres agonizantes de los peces que se vieron de repente despojados de su medio natural. Y así pasaron estupefactos los habitantes unas horas, totalmente desubicados, hasta el punto de que por una vez en su vida, ante la aparición de lo desconocido, se olvidaron de disfrutar de lo hasta entonces conocido.

El rey, como era habitual a aquellas horas, se asomó a una de sus ventanas tocada ya por la sombra y empezó a parlotear, aunque aquel día no les exhortó a trabajar, sino a salvar sus vidas y refugiarse con él en su casa. Decía chaladuras como que el mar se había tragado a sí mismo, que las mareas se habían arremolinado en el fondo del océano, y que toda la furia de los dioses del agua se acercaba con rapidez vertiginosa. Como siempre, nadie le hizo mucho caso, y todos se quedaron largo tiempo mirando el silencioso paisaje en la ahora infinita playa. Pero de pronto, alguien sintió estremecerse la arena entre sus dedos desnudos y, para cuando quiso alzar la mirada, la ola gigante ya era visible en el horizonte. Algunos empezaron a chillar, otros quedaron petrificados, otros incluso se acercaron hipnotizados en su dirección. Y sólo unos pocos se atrevieron a salir corriendo hacia la casa del rey. Pero aun así ya era tarde.

La enorme masa de agua acabó con la gran mayoría de los habitantes de aquella isla, llevándose consigo también una porción de la belleza que hasta entonces les había encandilado. Arrancó árboles, arrasó poblados, reventó cuerpos contra las rocas, y aniquiló a varias especies. El rey, su mujer, y otros 18 habitantes, los que antes había empezado a correr, vieron cómo todo era tragado para ser posteriormente escupido, mientras los cimientos de su hogar se zarandeaban, pero nunca cedían. Cuando todo pasó y el viento volvió a soplar y los pájaros volvieron de donde se hubieran escondido, casi no quedaban restos del desastre, sólo la ausencia de lo que había existido antes.

Y a partir de aquel día, la vida prosiguió, como suele pasar siempre, por muy fuerte que el presente sea golpeado. Poco a poco la belleza volvió a germinar, las plantas florecieron, los animales volvieron a llenar la isla, y finalmente todo el tapiz de colores volvió a cubrir la isla. También el poblado humano creció, y entre ellos los descendientes del rey y su mujer, que parecían empeñados en seguir con la cruzada de su padre, quizás también maldecidos con el mismo embrujo que les impedía ver lo que para otros era evidente. Y todos juntos construyeron nuevos hogares, más robustos y resistentes que los anteriores, situados en lugares estratégicos que el rey les indicó. Y aprendieron nuevos métodos de recolección y caza, hasta el punto de que éstos, a largo plazo, les permitían tener más tiempo libre y descubrir nuevos aspectos de esa belleza que todos habían dado hasta entonces por conocida. Diseñaron armas, diques y fabricaron medicinas, y así vivieron más tiempo, y también así pudieron gozar más del placer de la naturaleza. Antes sólo la admiraban, ahora la entendían y hacían uso de ella para preservarla.

Y así los habitantes de Pingelap han llegado a nuestros días, superando durante los últimos siglos numerosas adversidades, gracias a su conocimiento del medio natural y a las enseñanzas de un rey que ya nadie recuerda. Aunque todavía, a día de hoy, existe una gran parte de la población que posee la maldición que aquel hombre les dejó. Una maldición que quizás no les permita disfrutar de los mismos placeres que el resto, pero que sin duda les capacita mejor que a ninguno para preservar todo lo bueno de aquello que sólo su antepasado supo ver por primera vez.

POR QUÉ NECESITO MÁS UNA CHARLA DE NAUKAS QUE UN CAFÉ POR LA MAÑANA

Hay una cosa que me toca las pelotas. Y me las toca como ser humano, no como físico o ingeniero, aunque esto último está abierto a debate. Lo que me hace sentir un cosquilleo en los pendientes reales es escuchar en boca de la gran mayoría de personas que eso de la ciencia es, y cito textualmente, “pa quien le guste”. Lo mismo se dice de la lectura, el cine o la música, y del mismo modo se podría aplicar lo que voy a decir a continuación, pero como vengo de salir de Naukas 2017, toca zambullirse en el mundo de los fermiones y las mitocondrias.

Pues bien, eso de que el disfrute de la ciencia depende de una mayor o menor afinidad con el tema me parece una auténtica perogrullada sin fundamento. Me explico. Te puede gustar más el chocolate que el plátano, pero por narices te tiene que gustar comer. Y la ciencia no es más que el puto arte de explicar las cosas que nos rodean, desde lo que ocurre a nivel fisiológico cuando dormimos hasta el funcionamiento de una pila. Y esa curiosidad es algo igual de inerente al ser humano como la alimentación, o más, porque puedo entender que si no fuera una necesidad vital eso de meterse cosas por la boca para luego echarlas por el culo igual no era la cosa más atractiva, pero querer entender cómo nacemos y qué son las estrellas estoy seguro de que sí se nos pasaría por la cabeza.

Entonces, ¿por qué la chavalada que tengo ahora delante en el autobús, dispuesta a darlo todo de timba y echarse una risas y unos coitos, por qué cualquier persona medianamente cabal diría de ellos que se la suda mil la teoría del caos y la ley de la selección natural?

Yo no creo que se trate de una cuestión ni de ignorancia ni de inmadurez. Desinformación tampoco, porque hoy en día tenemos nuestra propia biblioteca de Alejandría en el bolsillo -y depende de a quién se la compres, también puede arder en llamas-. Se trata, creo yo, de una falta enorme de gente que intente contrarrestar las mentiras y prejuicios que pueblan el imaginario colectivo. Y no me refiero sólo a las paridas sobre temas científicos que se dicen, como que el cambio climático no es un problema grave, o que se descubre agua en Marte todas los martes a las cuatro de la tarde -uso horario americano, por supuesto-, sino a otras movidas mucho más chungas como que hay que casarse y tener hijos para asentarte como persona en la vida -si es con una hipoteca descomunal, mejor todavía-, que tiene mejor trabajo quien más dinero gana a costa de él, y que la belleza se ajusta a unos cánones previamente establecidos que, por mucho que nos pese, no se han inventado ni Pitbull ni los tronistas de Hombres Mujeres y Viceversa.

Lo que falta es gente que diga lo que piensa de verdad, gente que exprese lo que siente, gente que dé rienda suelta a sus pasiones, gente real a fin de cuentas, no para contagiar a los demás de sus misas aficiones como si de un virus se tratara, sino para descubrirles las posibilidades infinitas de este mundo. Porque no hace falta creer en el multiverso para percatarse de que una versión de nosotros mismos en la que seamos felices y hagamos por ello felices a los demás es posible.

Así que ya sabes, pollo, cuenta a la peña que has estado en Naukas y que casi has llorado con una charla sobre el poder de las historias, que te emocionan las novelas románticas porque nunca has besado a una chica y todavía crees en el amor verdadero; cuénta a tus amigos lo que significa para tí que cuenten contigo para pasar su tiempo, porque hubo un tiempo en el que no tenías amigos y nunca jamás vas a darlo por supuesto; cuenta a tu padre, tu madre y tu hermano por qué les quieres más allá de una simple similitud en vuestro número de citosinas y guaninas; cuenta a una persona, de esas que no están acostumbradas a que les digan cosas bonitas sin venir a cuento, cuentale que te parece hermosa, no por sus rasgos heredados, sino por cómo el fulgor del fuego que crepita en su interior se refleja en su mirada cuando lo deja salir al exterior; cuenta a los chavales que tienes delante delante del autobús que hay maneras de divertirse más allá del sexo sin sentido ni sentimiento, las drogas y la búsqueda de reconomiento ajeno -esto no lo he hecho, no os motivéis, no estoy tan loco, al menos todavía-.

Y por eso necesito una charla de Naukas más que el café por la mañana, porque necesito estar despierto a la vida, que se me elimine la somnolencia de los ojos que me impide a veces recordar que todavía hay esperanza. Esperanza no sólo por un mundo en el que todavía existen personas que deciden pasar un sábado escuchando y dando charlas de divulgación científica, sino personas que no tienen miedo a confesar delante de todo el mundo lo que les gusta y les hace seguir adelante. Que quizás hablando de los cachalotes o el movimiento rotacional de una partícula elemental pueden hacer brotar una pequeña chista en el interior de una persona. Una persona que, tal y como hacían nuestros antepasados de Atapuerca, puede cuidar esa diminuta llamita para que no se extinga y le dé calor y luz en las noches más oscuras. Un calor que a veces puede quemar pero también una luz que tiene el potencial para expandirse como el universo en nuestro interior e impregnar nuestros órganos y nuestra piel por métodos más misteriosos aún que la oxigenación tisular. Una luz que, si la dejamos, puede salir por nuestras manos, nuestros labios y nuestros ojos y hacer crecer otra de esas llamitas en otra persona.

Creo de corazón que el mundo comenzaría a virar hacia una dirección mucho más justa y esperanzadora si todos aprendiéramos a ser divulgadores de nosotros mismos, de lo que nos aporta nuestra autenticidad, porque todos tenemos cosas en común: somos entes pluricelurares, miembros de una especie animal, habitantes de una galaxia y de un planeta, creadores de las matématicas y de la palabra escrita pero, más importante incluso, somos seres con la capacidad de reflexionar, soñar y sentir. Y, divulgando sobre todo ésto último, podremos ser capaces de poder mirar algún día a las estrellas más lejanas y, aunque sea sólo por un instante de tiempo más breve incluso que el que tarda una nueva vida en crearse o un rayo de luz en dar la vuelta a la Tierra, podremos mirar el firmamento y no sentirnos nunca más tan pequeños.

Y ya si hablando de la penicilina eres capaz de tocar el alma de las personas, pues directamente eres el puto amo, como diría el chaval que tengo ahora mismo delante, ese que tiene un potencial infinito para cambiar el mundo todavía nadie se lo ha dicho y, mucho menos, se lo ha hecho creer. Yo hoy me lo he creído. Muchas gracias, Naukas.

La trinchera invisible

¿Cómo pueden los demás descubrir lo que llevas en el interior,

dejar de ser para ellos un simple número, un sexo, un lugar o un color,

hacer que aprecien la verdadera esencia que se esconde más allá del pasajero furor?,

¿con qué rimas susurrarles al oído tus ilusiones, tus temores, tu alegría y tu dolor?

 

¿Cómo aprender a superar la barrera de su expectativa y su prejuicio,

liberarles de las invisibles cadenas de su miedo, de su cobardía y de su vicio,

aprovechar de las grietas de su soberbia hasta el más mínimo resquicio?,

¿con qué gestos alejarles de todo lo que creen ellos sobre ti que es ficticio?

 

¿Cómo dejar de ser para ellos un simple rostro o un tono de voz no exento de brusquedad,

lograr que no te definan por una afición concreta,  como un miembro más de la sociedad,

hacer que por indagar más allá de lo aparente sientan aunque sea un poco de curiosidad?,

¿con qué argumentos convencerles de que eres algo más que un producto con fecha de caducidad?

 

¿Cómo llegar hasta el fondo de lo que les define como personas, conectar con su alma dormida,

ser capaz de arrancar de un tirón la venda transparente que cubre su mirada fingida,

saber transmitirles el alcance infinito y eterno de cada experiencia vivida?,

¿con qué imágenes mostrarles el valor de una personalidad con gran esfuerzo construida?

 

¿Cómo ayudarles a conseguir el valor para soltar el arma y salir de su trinchera invisible,

abandonar una guerra fútil cuyo ideario hace largo tiempo que se volvió indefendible,

evitar que se involucren en la batalla diaria contra sí mismos que ellos creen ineludible?,

¿con qué ánimos trasmitirles que sólo si se comparte se hace una esperanza posible?

 

¿Cómo eliminar de la mente colectiva todo lo preconcebido, toda norma, todo modelo,

convertir la emoción en algo genuino y no aprovecharla para la ambición propia como señuelo,

aliviar todo el peso que les mantiene atenazados y permitir que todos juntos levantemos el vuelo?,

¿con qué gritos alzar tu voz y hacer que tus sueños los vea todo el mundo bailar en el cielo?

 

Dedicado a quien alguna vez se haya hecho antes estas preguntas.